Actividad para el día del libro 2015

A continuación os transcribo un artículo sobre libros electrónicos de la revista digital Jot Down. Léelo con atención. Luego elabora una entrada en tu blog que haga referencia a ésta (con un enlace por ejemplo) con tus respuestas y opiniones a las cuestiones que siguen al artículo. En ocasiones tendrás que leer otros artículos enlazados. Responde con sensatez y evita cortar y pegar. Asegurate de incluir un enlace en la plataforma classroom. Tambien está bien que publicites tu ejercicio en twitter con el hashtag #díadellibroLMSF.


Arte y Letras, Literatura — Literatura unplugged

Publicado por Octavio Domosti
Si Gutenberg levantara la cabeza, ¿se compraría un ebook?

Con las barbas de la industria cinematográfica a remojo y la tez de las editoriales discográficas más barbilampiñas que Justin Bieber (su penúltima estrella), las editoriales deberían tener un plan para hacer frente a una creciente demanda de material en soporte digital, un cambio en las necesidades de los lectores generado por los libros electrónicos y, por extensión, internet.

En primer lugar, ya son conscientes (o deberían serlo) de que ciertos sectores de las editoriales son prácticamente imposibles de reflotar, como los departamentos de enciclopedias y libros de consulta. Los primeros afectados, como no podía ser de otra manera, han sido los vendedores puerta a puerta, la base de la pirámide:

—¿Qué quiere?
—Buenos días, le ofrezco una enciclopedia totalmente actualizada, con unas fotografías impactantes que…
—Gracias, pero en esta casa tenemos INTERNET.
—Sí, pero…
[Portazo]

Nadie piensa en esos miles de hombres encorbatados que, con un brillo en la mirada de pura determinación, estaban sueltos por nuestras calles, por nuestros portales y, de vez en cuando, sentados en nuestros propios salones, seducían a nuestros padres con espectaculares reproductores de DVD valorados en cien mil pesetas, que regalaban por la compra de una Gran Enciclopedia Ilustrada que costaba cincuenta mil.

¿O era al revés?

En fin, esos vendedores, esa gente, está ahora en la puta calle y nadie se lleva las manos a la cabeza, excepto tus agentes más cercanos de Círculo de Lectores, claro, que están temblando. Y tienen razones para hacerlo, porque los ebooks van a cambiar el mercado, y mucho me temo que las editoriales no están preparadas.

Veamos algún ejemplo. Por no elegir al azar un libro de un autor maldito al que solo lean tres o cuatro asociales desequilibrados, en los últimos meses hay una obra que ha tenido cierto éxito de ventas y no hace vomitar a la crítica especializada: 1Q84, de Haruki Murakami. En cuanto a los precios, he visto que te clavan (por el libro 1 y 2) 26,00 euros en papel —tapa blanda—, y 14,99 en digital, cifra que seguro encierra una explicación, porque un precio tan raro ha de proceder de algún intrincado cálculo que lo justifique. No obstante, y como me cuesta creer que la impresión, almacenaje, transporte, distribución y comisiones varias de intermediarios supongan un ahorro de sólo 11,01 euros, estoy abierto a un debate serio sobre si el precio de los archivos digitales es un robo o bien un hurto, porque a veces confundo estas figuras jurídicas. Otro caso: intento localizar gracias a Google un lugar donde comprar la versión digital de El prisionero del cielo, de Carlos Ruiz Zafón (a diferencia de 1Q84, éxito de ventas solamente) y no soy capaz de encontrarlo. En estos momentos, las editoriales están perdiendo potenciales compradores porque ¡no son capaces de vender su propio producto! Pero gracias a esa dura labor de investigación basada en utilizar el popular buscador y una cadena de búsqueda elemental (prisionero-del-cielo-ebook), se tarda 0,12 segundos en localizar un enlace válido donde podría haberme descargado ilegalmente dicho libro.

Otro tema, no menos importante, es la calidad del archivo que se consigue con esa conducta tan inmoral y delictiva. Como bien dice Rafael Díaz Santander en la entrevista que nos concedió, sorprendentemente el público se está acostumbrando a la mala calidad: MP3, DIVX y, ahora, archivos de texto con palabras ininteligibles debido a errores en el OCR (aunque en formato papel también nos encontramos con errores garrafales de traducción u ortográficos, pero ése es otro cantar).

Evidentemente, se aceptan esos formatos porque en su mayor parte se consiguen gratuitamente, pero también por la portabilidad que conlleva un formato digital frente a un soporte físico. El Discman, sin ir más lejos, nunca despegó del todo por el incordio que supone acarrear discos compactos, y ha sido barrido del mercado por los reproductores de MP3. Los libros se enfrentan a este mismo problema. Soy el primero que disfruta de la liturgia de prepararse una fuerte bebida alcohólica, sentarse en un sofá cómodo, en un rincón acogedor suficientemente iluminado, abrir un (presunto) buen libro y sumergirse en la lectura. Pero los que somos obreros y estamos en contacto con el populacho somos conscientes de que se lee muchísimo en los medios de transporte públicos y se hace muy pesado llevar encima según qué libros.

Hace unos meses, en una muestra de flaqueza de la que me siento muy orgulloso, leí Juego de Tronos, de George R.R. Martin, un ejemplar en papel facilitado por un amigo. Y bueno, digamos que me he convertido en un yonqui más de la serie. Durante los días que estuve inmerso en su lectura, por el mismo hecho de estar prendado de la historia, no me separaba de ese mamotreto; lo llevaba a todas partes con el consiguiente cansancio físico y mental. Posteriormente, el mismo amigo me dejó las siguientes tres entregas en formato digital. Podéis creerme si os digo que la historia no perdió ni un ápice de interés por leerla en un libro electrónico; pero cargué con una décima parte del peso a diario. Y, a mi edad, es un aspecto muy importante a tener en cuenta.

Soy consciente de que no es equiparable el tacto de un buen papel al aséptico ebook, con su acabado en plástico y metal. Pero también de que todos nos avergonzamos de ciertos ejemplares que ocupan un espacio físico en nuestros hogares, cuando deberíamos arrojarlos por la ventana envueltos en llamas, que es lo que se merecen. De haberlos leído (o abandonado a la mitad) en formato digital, habrían dejado de formar parte de nuestras vidas para siempre con solo pulsar la tecla “suprimir”.

Desde luego, es incomparable el porte que da llevar debajo del brazo un buen tomo y dejarse ver por la calle con él, a poder ser fumando en pipa, con bufanda aunque sea agosto y gorra bohemia. Ciertamente, no me imagino a un Testigo de Jehová con un ebook en la mano en lugar de una Biblia en papel, con su marcapáginas deshilachado. Y con esa frase no estoy equiparando la firmeza moral y la pérdida de contacto con la realidad de unos y de otros, Dios me libre. Aunque pueda parecerlo.

Y antes de que venga nadie con el soniquete “y el olor de un libro nuevo, ¿qué?”, diré que, aunque sea duro reconocerlo, una edición de lujo de El código Da Vinci puede oler mil veces mejor que una tirada birriosa de Cien años de soledad. Añado que este artículo no está especialmente dirigido a personas que compran los libros por el olfato, de los cuales me guardo la opinión por si me están leyendo menores de edad.

En cuanto a perder la ilusión de descubrir vistosas portadas, recuerdo que hace poco leíamos unas declaraciones del músico y actor (cof, cof) Jon Bon Jovi —un hombre del cual sólo suscribo la apreciación de que ha lucido dos peinados geniales en menos de una década—, en las que se acordaba de la madre de Steve Jobs, al que culpaba de que ahora la gente ya no compra discos en función de las portadas. El músico norteamericano lo debe de decir por su propia experiencia y la de sus seguidores, a los que ha debido perder al no poder ya “engañarlos”. Me parece sorprendente que se compren discos o libros por la portada, el título, el diseño o la imagen. En ese sentido, hay que reconocer que Juan Manuel de Prada, ese visionario, tuvo bien claro lo que debía hacer con su obra Coños.

Con esta larga lista de virtudes que presenta el formato digital, las editoriales, si no se especializan en ediciones de lujo, deberían tomar cartas en el asunto. Por ejemplo, con la compra del ejemplar en papel, regalar o vender a un precio simbólico el archivo de texto (de forma similar a la dupla vinilo+MP3 que comercializan algunas discográficas), para poder transportar cómodamente y que no se deteriore un ejemplar que nos ha costado bastante dinero. El formato digital podría llevar un código de entrega, codificado de alguna manera para saber de dónde proviene el archivo, quién es el propietario y así saber a quién empapelar si se propaga por internet. Otra posibilidad que tienen los editores (no excluyente con la anterior), es publicar, únicamente en formato digital, apuestas arriesgadas, ahorrándose los costes de una tirada en papel de obras de incierta aceptación, de forma que los lectores podríamos conocer nuevos escritores de los que de otra forma nunca habríamos oído hablar.

Y si aún así no se ponen las pilas, el caso de Amanda Hocking (una escritora americana que se ha forrado publicando de manera independiente sus ebooks) no será un hecho aislado.

Espero con impaciencia los movimientos de las editoriales, sí, pero sobre todo, una explosión de la autoedición digital. Salivo sólo con pensar que ahora mismo podemos tener las próximas estrellas literarias frente a un ordenador, desacomplejadas y sin censura ni criba editorial, juntando palabras como nunca podríamos haber imaginado.

Que es, en definitiva, lo que me fascina de la Literatura.


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